Asistiré. Marqué la invitación que me había enviado una amiga. Creo recordar 363 confirmados, una locura. Pensé que sería una de las pocas, sino la única, que iría. Como era de esperar, el 90% eran mujeres que se vanagloriaban de ir con amigas, el resto eran hombres que de seguro acompañaban a su pareja.
Los días pasaron como si nada hasta el día del encuentro que todavía no era encuentro y que no esperaba que lo fuera ni de cerca. Fila 2, asiento 19. Ambiente tranquilo, chicas emocionadas, todas bien romanticonas que buscan cortarse las venas las unas a las otras y compartir esa melancolía colectiva de la que en algún momento formamos parte. Bien masoquista lo nuestro. Miro las filas con cara de comprensiva total, imaginando una situación diferente para cada una.
“Esta se separó hace una semana, la otra está peleada con el novio, aquella vino porque está tan enamorada que los temas cursis con filosofías de amor barato le encantan, la de atrás saca lindos poemas de las letras y los escribe en un cuaderno con lapiceras de colores..."
Y vos qué hacés acá? Completamente sola, sin haber invitado a nadie, tratando de disimular la falta de un alguien invisible, imperceptible.
Estas cosas de la vida que uno jamás espera… Me senté y lo primero que vi fue a un flaco alto con doble sonrisa: Sonrisa en los labios, sonrisa en la mirada que brillaba cual si fuera a desbordarse por completo. El alma le brotaba de los ojos. Con un susurro que todavía parece retumbar en mis oídos me dijo: “Te estaba esperando, me acompañás?”
Acompañar. Acompañarte. Acompañante.
Un segundo y la vida te cambia por completo. “Sí, te acompaño”.
Antonella
